La batalla de Dakar

 

En el verano de 1941 convenció el general De Gaulle al premier británico Churchill del interés que tenía para la causa aliada el ataque a la colonia francesa de Senegal. Allí esperaba De Gaulle iniciar la gran escalada de la Francia Libre: 6 regimientos de soldados senegaleses, varios buques y, sobre todo, un millar de toneladas de oro, trasladadas al corazón de Africa por el Gobierno de Vichy para salvaguardarlas tanto de Berlín como de Londres.

A las órdenes del almirante Cunningham partió una flota hacia Dakar, la capital senegalesa, con fuerzas bastante impresionantes: un portaviones, dos acorazados, 3 cruceros pesados, 10 destructores, 3 cañoneros franceses y seis transportes de tropas, con unos 5.000 hombres.

La bahía de Dakar, que iba a sufrir la embestida de sus ex-aliados, estaba defendida por 8 fortines de costa dotados con un total de 9 cañones de 240 mm, 12 de 138 a 188 mm, y 7 de 90 a 96 mm. Podía contar a medias con una torre cuádruple de 381 mm. del acorazado Richelieu, que estaba anclado con graves averías en el puerto y en mala posición de tiro. Había también dos cruceros ligeros, 4 destructores, 3 submarinos y 6 cañoneros En la defensa da la plaza también intervinieron 15 aviones de caza y 30 bombarderos franceses allí destinados y unos 6.000 hombres de tropas coloniales.

La desproporción de fuerzas era abismal, pero las autoridades de la plaza, con órdenes terminantes de Vichy de no rendirse y con el claro deseo personal de tomarse venganza de la ignominia de Mers el Kebir, rechazaron toda negociación y dispusieron su defensa. Todos los buques encendieron sus calderas y salieron del puerto, navegando por la amplia bahía, y sólo permaneció anclado el inválido Richelieu, con sus cañones apuntados como batería flotante. El día 23 se rompieron las hostilidades. Era intensa la niebla y las fuerzas británicas disparaban a ciegas sobre la bahía, en la que navegaban los buques franceses disparando igualmente sin visibilidad y cambiando continuamente de posición. La jornada se saldó positivamente para los sitiados, que perdieron un destructor y un submarino, pero impidieron un desembarco de infantería y dañaron tan gravemente al crucero pesado que hubo de regresar a su base; los británicos lamentaron, asimismo, fuertes destrozos en dos destructores y otro crucero pesado.

La faena iba a ser dura. Cunningham telegrafía a Londres que la batalla de Dakar era seria. Churchill responde: "Ya que hemos comenzado, sigamos hasta el fin. No se detenga por nada".

El día 24 amaneció casi sin bruma. Los sitiados podían pasarlo muy mal. Pero ocurrió como en la víspera. Los cañoneros franceses tendieron durante todo el día cortinas de humo, para reemplazar a la inexistente niebla, y tras ellas se movieron sin descanso los buques de Vichy, disparando con gran precisión: los aviones franceses se estaban imponiendo en el aire a los del portaaviones y sus observaciones aéreas servían como dirección de tiro a los cañones de la flota francesa.

Ese día los británicos pulverizaron un submarino francés y causaron destrozos en algunos barrios de la ciudad y en un mercante, pero no en los buques de la bahía. Los franceses derribaron 3 aviones enemigos y lograron algunos blancos sobre sus acorazados, más inquietantes que efectivos.

Cunningham lo ve cada vez más oscuro y De Gaulle prefiere abandonar: la resistencia de Dakar se celebra en Francia como victoria nacional y resta simpatías al líder de la Francia Libre.

El día 25 salió claro y radiante. Los asediados volvieron a su táctica de andar sin descanso dentro de la bahía y protegerse tras las nubes de humo que tendían sus cañoneros y torpederos. En el aire, la caza franceses se apuntaban nuevos éxitos e impedían la observación aérea británica, mientras daban continuos datos de tiro a sus buques.

Hacia las 10 de la mañana se produjo un suceso decisivo para la victoria francesa: el submarino Bebeziers vengó a sus dos compañeros hundidos torpedeando el acorazado Resolution, que hubo de ser remolcado hasta Nueva York para efectuar reparaciones que duraron 6 meses. Cunningham se había quedado en cuadro: la mitad de sus aviones habían sido destruidos o dañados y estaba en inferioridad aérea; había perdido un acorazado y un crucero y tenía otro crucero y dos destructores bastante tocados, mientras que los sitiados estaban como el primer día. Aconsejó retirada y esta vez aceptó Churchill. Mers el Kebir había sido vengado.

Coleccion 100 (c) 2001 Ediciones Dolmen S.L.

el inválido Richelieu, con sus cañones apuntados como batería flotante